Peter Bourquin. “Encontrarme Conmigo Mismo…”

“Encontrarme Conmigo Mismo – O Como Se Pueden Sanar Relaciones Intrapsíquicas”
De: Peter Bourquin

Poder incluir en el contexto de una constelación las relaciones intrapsiquicas entre las diferentes partes del yo de un cliente, y no limitarla solamente a las relaciones familiares, ha añadido una nueva dimensión a mi trabajo. En mi opinión no se trata simplemente de un complemento del método de las constelaciones familiares. Al contrario, este enfoque dobla las posibilidades de la intervención terapéutica al abordar tanto el mundo exterior de una persona como su mundo interior. A la vez amplía nuestras posibilidades de acercarnos a las relaciones familiares. Y facilita al cliente el dejar su pasado atrás y llegar al presente.

Nuestra comprensión del yo

Las constelaciones familiares se han confirmado como un método excelente para contemplar relaciones entre miembros de una familia y darles impulsos sanadores, los cuales tienen su base en los llamados órdenes del amor. No obstante me he topado una y otra vez con un límite en las constelaciones familiares: no contemplan la complejidad del ser humano como individuo, aunque esta realidad es tan relevante como nuestra vinculación en las relaciones humanas. ¿Qué quiere decir esto concretamente? Se trata de la relación con uno mismo.

Hace unos siete años yo trabajé con una mujer de treinta y pocos años que obviamente se sentía sobreexigida por la vida y que había tenido una adolescencia difícil. Espontáneamente le propuse elegir un representante para sí misma como adulta y otro como niña. Para mi sorpresa la clienta, de cuerpo más bien pequeño, eligió a la mujer más alta en el grupo como representante para sí misma de niña y a una mujer pequeña como adulta. Su yo-niña se manifestó de manera vital y llena de fuerza, mientras que su yo-adulto se presentó triste y desanimada. No había ningún contacto entre ellas y ambas se evitaban. Yo invité a la clienta a entrar en la constelación para encontrarse consigo misma, mejor dicho con las diferentes partes de ella. A continuación se desarrolló un proceso conmovedor y profundo y a la vez integrador, en el cual ella al final estaba de pie entre su parte niña y su parte adulta, abrazándolas alegremente. Ella había superado una fragmentación interior.

Desde entonces yo trabajo cada vez más con dos o más representantes para el cliente, cuando se trata de vivencias de infancia difíciles o sucesos traumáticos. La experiencia me ha mostrado que es justo esta posibilidad de encontrarse consigo mismo la que ha hecho una diferencia sanadora para muchos clientes.
Uno está acostumbrado a pensar en sí mismo en singular, como ‘yo soy Peter’. No obstante la realidad es más bien ‘somos Peter’. En mi hay diferentes partes que están en relación entre ellas. El modelo teórico de Eric Berne puede ser de ayuda al respecto. En el Análisis Transaccional él habla del yo-niño, yo-adulto y yo-padre, lo que por supuesto está fuertemente esquematizado y en la práctica es mucho más diferenciado. Porque no solo existe un yo-niño o niño interior, sino muchos, de cada etapa de la infancia. Igualmente existe a menudo un yo-adolescente rebelde y protestón. O también hay partes traumatizadas y disociadas que pueden desarrollarse a lo largo de la vida.
Creo que para nosotros como terapeutas una pregunta interesante e importante es: ¿Qué aspecto del cliente se pone de manifiesto cuando incluimos un representante para él en su constelación familiar?

Yo-niño y yo-adulto

El año pasado una mujer joven hizo una constelación conmigo porque se sentía mala madre para sus dos hijos (el hijo 5 años, la hija 4 meses), expresándome: “No siento que les quiera”. Su representante se mostró de alguna manera apática y distanciada hacia su marido y sus hijos. Introdujimos una representante para ella de niña y la escena se repitió, de nuevo el yo-adulto se mostró distanciado y apático hacia el yo-niño, que obviamente lo estaba pasando mal, llorando en silencio. Yo invité a la clienta a entrar en su constelación y simplemente hacer lo que le surgiera en este momento. No había nada ‘correcto’ que hacer, y en cualquier momento ella podía volver a sentarse a mi lado.

Ella se acerco a su yo–niña y se sentó cerca de ella, a un metro de distancia. Todo lo que ocurrió en los siguientes 20 minutos fue un paulatino acercamiento, una mirada de vez en cuando, un breve toque, una compasión que surgió cada vez más fuerte, hasta que en un determinado momento se abrazaron largamente. En este punto finalicé la constelación.
Pocos días después recibí una carta de esta participante:
“Soy María, la que acabó abrazando su niña pequeña.
El mismo día estuve bien, me sentí descansada y alivié la presión que sentía por ser una buena madre con mis hijos, y pensé: nada espectacular ha ocurrido…
Pero a lo largo de la semana han ido surgiendo más emociones que me ayudan en el camino de mi bienestar.
El viernes, dos días después de la constelación, me miré de paso al espejo del lavabo y me vi por primera vez como madre, mi emoción fue: eres MADRE. Puede parecerte increíble, pero no lo había sentido así nunca! Creo que el hecho de amparar y proteger a mi niña pequeña, me dio permiso para acoger a mis hijos, o entendí la manera de cuidarles. Supongo que no recordaba ese amparo de pequeña.
Van pasando los días i en casa la cosa va mejorando, Berta, la pequeña está mucho más tranquila, y empiezo a relacionarme con Quim, el mayor, con menos sentimiento de culpa, con más responsabilidad.
Soy consciente de que he de mantenerme, debo continuar cuidando a la María pequeña…”
Y casi un año después:
“…Mi proceso continua! Nunca se para de crecer y aprender, verdad?!
Y continua de una forma muy tranquila, unos días mejor y otros no tan buenos, pero aquella sensación de responsabilidad y de auténtica madre permanece en mi, puedo amparar a mis hijos con amor, y eso me ayuda muchísimo, me siento dueña de mi vida y muy capaz. Por eso continuo muy agradecida, para mí fue crucial este sentir posterior a la constelación…”

En una constelación no se trata de cambiar las circunstancias de entonces porque esto es una ilusión que no resiste a la experiencia de la persona afectada. Se trata de asentir a lo que fue y tomarse a sí mismo.
A veces lo único que falta para estar en paz con la propia infancia o adolescencia es justo eso: ‘salvarse’ a uno mismo, al niño o adolescente que fuimos, de la situación de entonces y llevarlo con uno mismo de forma amorosa y cuidadosa, dejando el pasado atrás.

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